Crecer siendo emocionalmente compleja te hace vivir acostumbrada a un gran abanico de emociones, nunca pensé que algo me pudiese pillar por sorpresa. Después de vivir planificando mis días por horas, de pronto y sin aviso, me vi sin saber cuál sería mi siguiente paso, y entonces llegó un sentimiento que aún nunca había llegado: me sentí perdida. Hay días que lo siento como algo emocionante (por primera vez, casi no tengo ataduras) y una oportunidad de buscar mi verdadero yo, mi verdadera vocación, lo que me hace realmente feliz y entonces trazar un plan definitivo. Pero la mayoría de días se siente un punto triste, vacío, tremendamente pesado y brutalmente solitario. Es fácil agotar la paciencia cuando todo lo que quieres hacer es saltar. ¿Cómo sabes si estás haciendo todo lo que puedes hacer?
El debate constante entre el estar y el ser. Ser siempre serás tú y nadie más, pero estar, a veces, implica compartir. Cuando encuentras un lugar en el que disfrutar plenamente de tu ser, el estar no puede ser otro que el estar en soledad. No esperas que nadie irrumpa la atmósfera de claridad que se crea ante una revelación de tu propio ser, porque no esperas que nadie que entre en tu ser comprenda hasta alcanzar la certeza el por qué de tantas preguntas que ni siquiera parecen azotar su aire. Un rincón propio no se encuentra en el espacio, quizás sí en el tiempo. Toma las formas más inesperadas y discontinuas; un día es un árbol, al siguiente una película, y en meses no parece querer mostrarse. No puedes hacer nada ante tales momentos de claridad que esperar, andar a tientas dilucidando el camino con tus propios pasos, sabiendo que siempre llegan esos días en los que la tristeza no es más que otra forma de alivio. Y nadie tiene por qué entenderlo, y entonces entiendes que...
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