A cada rato sueño las mil vidas que podría vivir si encontrase la fuerza en mi voz para pronunciar las palabras que ensayo cada noche en mi cabeza. Me imagino despierta, vital, libre y feliz. Tan lejos de mí que no imagino cómo alguien podría soportar el hecho de cogerme de la mano en este camino. Las peores cadenas son las que tú te inventas, porque siempre olvidas ponerle candado y no hay llave que las abra, sólo puedes hacerlo tú. Solo ante la adversidad de tus deseos.
El debate constante entre el estar y el ser. Ser siempre serás tú y nadie más, pero estar, a veces, implica compartir. Cuando encuentras un lugar en el que disfrutar plenamente de tu ser, el estar no puede ser otro que el estar en soledad. No esperas que nadie irrumpa la atmósfera de claridad que se crea ante una revelación de tu propio ser, porque no esperas que nadie que entre en tu ser comprenda hasta alcanzar la certeza el por qué de tantas preguntas que ni siquiera parecen azotar su aire. Un rincón propio no se encuentra en el espacio, quizás sí en el tiempo. Toma las formas más inesperadas y discontinuas; un día es un árbol, al siguiente una película, y en meses no parece querer mostrarse. No puedes hacer nada ante tales momentos de claridad que esperar, andar a tientas dilucidando el camino con tus propios pasos, sabiendo que siempre llegan esos días en los que la tristeza no es más que otra forma de alivio. Y nadie tiene por qué entenderlo, y entonces entiendes que...
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