Cuando te arrancan ese pedacito que te mantenía la ilusión y las ganas de vivir, sientes que mueres, que te desvaneces poco a poco. Aunque sea solo un rato. Y de verdad desearías que todo acabase, desearías ser el foco de destrucción de un ejército completo, y chillas de rabia y tu piel se resquebraja en mil, rompes y rompes todo lo que encuentras hasta oír el "crash" de tu alma rota. Entonces te echas a dormir y esperas a que se regenere, a que se vuelvan a juntar bajo el calor de tu propio calor, porque entonces la soledad se llena del vacío y el vacío de soledad, porque sabes que es tu culpa por aferrarte tanto a algo que tal vez no significase nada para el mundo, y el mundo es siempre el que lleva la voz cantante, porque tú no vales nada y es hora de que lo asumas.
El debate constante entre el estar y el ser. Ser siempre serás tú y nadie más, pero estar, a veces, implica compartir. Cuando encuentras un lugar en el que disfrutar plenamente de tu ser, el estar no puede ser otro que el estar en soledad. No esperas que nadie irrumpa la atmósfera de claridad que se crea ante una revelación de tu propio ser, porque no esperas que nadie que entre en tu ser comprenda hasta alcanzar la certeza el por qué de tantas preguntas que ni siquiera parecen azotar su aire. Un rincón propio no se encuentra en el espacio, quizás sí en el tiempo. Toma las formas más inesperadas y discontinuas; un día es un árbol, al siguiente una película, y en meses no parece querer mostrarse. No puedes hacer nada ante tales momentos de claridad que esperar, andar a tientas dilucidando el camino con tus propios pasos, sabiendo que siempre llegan esos días en los que la tristeza no es más que otra forma de alivio. Y nadie tiene por qué entenderlo, y entonces entiendes que...
Comentarios
Publicar un comentario