Hay gente que dice que las personas tristes son las que no salen de casa, las que prefieren leer, escribir, escuchar música o dibujar gente bailando antes que salir a beber y a no pensar. Hoy tengo que contradecir esa creencia. Una persona triste se deja llevar por los hilos de la rutina más fácilmente. Alguien feliz es capaz de elegir, y quien elige alegremente elige vivir, no sobrevivir. Y para vivir hay que sentir. Y siento decir que en un mundo tan frío como el nuestro es más fácil sentir a solas o en compañía limitada, con unos cuantos libros, música de fondo, un lápiz o un mechón de pelo entre los dedos, unos labios cerquita del cuello y muchas ganas de volar. Me siento sola entre tanta gente sin aliento ni alma, lo siento. No soy una persona triste, soy una persona que se ha cansado de fingir y confundir felicidad con ignorancia.
El debate constante entre el estar y el ser. Ser siempre serás tú y nadie más, pero estar, a veces, implica compartir. Cuando encuentras un lugar en el que disfrutar plenamente de tu ser, el estar no puede ser otro que el estar en soledad. No esperas que nadie irrumpa la atmósfera de claridad que se crea ante una revelación de tu propio ser, porque no esperas que nadie que entre en tu ser comprenda hasta alcanzar la certeza el por qué de tantas preguntas que ni siquiera parecen azotar su aire. Un rincón propio no se encuentra en el espacio, quizás sí en el tiempo. Toma las formas más inesperadas y discontinuas; un día es un árbol, al siguiente una película, y en meses no parece querer mostrarse. No puedes hacer nada ante tales momentos de claridad que esperar, andar a tientas dilucidando el camino con tus propios pasos, sabiendo que siempre llegan esos días en los que la tristeza no es más que otra forma de alivio. Y nadie tiene por qué entenderlo, y entonces entiendes que...
Comentarios
Publicar un comentario