A veces sólo pensamos en huir. No sabemos ni por qué, ni de qué, ni dónde vamos a ir, pero nos invaden las ganas de estar un poco lejos de todo. La libertad y la independencia van cogidas de la mano. Sentirme presionada, observada o controlada es capaz de sacarme de mis casillas. No soporto a esa gente que no entiende que no escribo por nadie que no sea yo misma. No escribo para complacer, para gustar, para atraer, para sorprender, ni mucho menos para mandar indirectas. Siempre he sido una persona clara. Si quiero decir no, digo no. Y no quiero que me busques, déjame perderme un rato. Mi auténtico yo quiere estar un rato conmigo.
El debate constante entre el estar y el ser. Ser siempre serás tú y nadie más, pero estar, a veces, implica compartir. Cuando encuentras un lugar en el que disfrutar plenamente de tu ser, el estar no puede ser otro que el estar en soledad. No esperas que nadie irrumpa la atmósfera de claridad que se crea ante una revelación de tu propio ser, porque no esperas que nadie que entre en tu ser comprenda hasta alcanzar la certeza el por qué de tantas preguntas que ni siquiera parecen azotar su aire. Un rincón propio no se encuentra en el espacio, quizás sí en el tiempo. Toma las formas más inesperadas y discontinuas; un día es un árbol, al siguiente una película, y en meses no parece querer mostrarse. No puedes hacer nada ante tales momentos de claridad que esperar, andar a tientas dilucidando el camino con tus propios pasos, sabiendo que siempre llegan esos días en los que la tristeza no es más que otra forma de alivio. Y nadie tiene por qué entenderlo, y entonces entiendes que...
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