Han vuelto. He vuelto a sentirlas. Ese ímpetu arrastrado, esas ganas de nada, ese estar a punto de romper a morder el polvo. No sé cómo he vuelto aquí, tal vez la vida sea dar vueltas alrededor de un eje sin sentido. Pensé que todo era diferente, o que al menos, todo llegaría a serlo. Me engañé. Me engañé a la vez que me autodesengañaba y me repetía a mí misma que no vale ser lo que no eres aunque logren que te lo creas, que lo que tú eres sólo lo sabes tú. No sé si me odio o si me amo y por eso me sobreprotejo, por eso escondo mi auténtica verdad, por eso adoro jugar con las palabras, para decirlo todo sin decir absolutamente nada. Os engañé. Y no pretendo hacer pública la autocrítica diaria que pesa sobre mis hombros, porque no le debo una disculpa a nadie que no sea yo misma. Si os digo la verdad, fantasmas que no me leen, sólo escribo por egoísmo. Escribir me aclara. Nunca escribiría por ni para nadie. Sí, soy egoísta. Todo el mundo lo es. Nadie se salva.
El debate constante entre el estar y el ser. Ser siempre serás tú y nadie más, pero estar, a veces, implica compartir. Cuando encuentras un lugar en el que disfrutar plenamente de tu ser, el estar no puede ser otro que el estar en soledad. No esperas que nadie irrumpa la atmósfera de claridad que se crea ante una revelación de tu propio ser, porque no esperas que nadie que entre en tu ser comprenda hasta alcanzar la certeza el por qué de tantas preguntas que ni siquiera parecen azotar su aire. Un rincón propio no se encuentra en el espacio, quizás sí en el tiempo. Toma las formas más inesperadas y discontinuas; un día es un árbol, al siguiente una película, y en meses no parece querer mostrarse. No puedes hacer nada ante tales momentos de claridad que esperar, andar a tientas dilucidando el camino con tus propios pasos, sabiendo que siempre llegan esos días en los que la tristeza no es más que otra forma de alivio. Y nadie tiene por qué entenderlo, y entonces entiendes que...
Comentarios
Publicar un comentario